domingo 1 de noviembre de 2009

Sonisphere




Reino Unido es conocido por la música. Y, más aún, por los monstruosos conciertos que presentan decenas de bandas una tras otra, cantidad que se dobla si contamos los eventos con escenarios simultáneos. Sonisphere era la oportunidad para asisitir a una "gig" en código europeo, es decir, masiva, brutal, innecesaria y exhilarante.
Llegamos a Sonisphere en Knebworth (a unos 30 minutos de Cambridge por tren) un domingo a las 9 de la mañana. Los conciertos habían comenzado un día atrás, presentando a Linkin Park, Anthrax, Heaven and Hell, Coheed and Cambria, Bullet for my Valentine etc etc. El campamento que alojó a los valientes metaleros estaba cubierto de banderas de todo el mundo (aunque, extrañamente, los campistas eran todos excesivamente blancos). La noche anterior había dejado un tufo a alcohol que podía olerse a kilómetros y, una vez en el sitio del concierto, fuimos testigos de campistas sufriendo las secuelas de una noche de metal y exceso de sheperd´s pie (o pastel de puré de papas y carne) y haciendo colas eternas para lavarse o depositar el exceso de nutrientes en el baño.

Pasamos 3 puestos de seguridad y sólo el último toqueteo evidenció las muchas latas de atún que traíamos. Por reglamento no es permitida comida en el sitio pero, al saber que no era alcohol o armas de destrucción masiva, el guarda nos dejó pasar. Dentro, era como el último piso del Eurocentro disfrazada de parque de diversiones. O, para los que no son de Chile, como el sueño del consumista de merchandising metal con interminables filas para ir al baño. Después de descubrir que el locker que arrendamos era un cuatrigésimo del tamaño de nuestra mochila decidimos disfrutar de los numerosos freaks que atendían al evento. Estaban todos los estereotipos del amplio abanico de tribus metal; el motoquero guatón con chaqueta de cuerina, el adolescente depresivo con polera de su grupo favorito, femme fatales con novios musculosos y transpirando testosterona, posers y, mucho más que cualquier otro especimen, británicos flacos y blancos como fantasmas, rapados, sin polera y acarreando banderas confederadas. Decidimos ahogar el nerviosismo que nos producía la reducida diversidad racial y nos sentamos en uno de los pocos espacios en el suelo que no estaba regado con elementos orgánicos (vomito, pichi y comida descompuesta). Ahí esperamos a Killing Joke. A esa hora de la mañana la mayoría de los campistas estaban durmiendo la borrachera y, los pocos que estaban en el sitio, abrían la mañana comiendo de los numerosos puestos de comida chatarra. Para el medio día caminábamos sobre 1 metro de basura aplanada limpiamente por los circle pits. Al parecer, éste tipo de "gig" deja en evidencia lo que es común a todas las tribus metal; comer, tomar y patear(se).

Para sincerarme: nunca he sido mucho de conciertos. No vayan a creer que soy una conocedora de los codazos y patadas voladoras o de la sangre ajena en mi ropa. Me considero una cobarde de las masas sudorosas que se mueven a un tiempo, una fóbica de las catarsis y, es más, un ser fácilmente aplastable. Hasta entonces había gritado con mis grupos favoritos desde la seguridad de la altura y un asiento tras de mi. Sin embargo hace tiempo que ardía con un fervor suicida de experimentar esa clase de adrenalina, y ya me había hecho a la idea de recibir líquidos vitales de extraños escuchando los gritos de mi banda-objeto de adoración. Bueno, la mala idea fue viajar a Escocia al dia siguiente y estar cargando una mochila 3 cuartos de mi porte en el medio de un incipiente mosh pit. Para cuando Lamb of God subió al escenario el ambiente estaba tan caldeado que hasta yo portaba un orgulloso "redneck" y había tanta testosterona en el aire que temí quedar embarazada. Lamb of God es un verdadero calienta masas y delante de nosotros había una pareja que parecía directo receptor de toda la energía del vocalista. El Jose (mi pololo) nunca se va a olvidar de que el tipo estaba comiendo un hot dog del porte de mi brazo y, al mismo tiempo, limpiándose la mostaza con la oreja (y nervio vestíbulococlear incluido tímpano y estribo) de la mina que tenía al lado, la cual podría ser su novia o una asistente anónima muy generosa. No experimentamos (para mi suerte) el famoso "Wall of Death" pero sí generosas porciones de cerveza que caían del cielo como regalo de los dioses borrachos. Pero todo esto era sólo un pre calentamiento a Machine Head o Machine Fucking Head como gritaban sus fans. MH sabe cómo levantar un grupo de arios viviendo la caña y apenas llegado al escenario le propuso a todos formar la notable cantidad de 12 mosh pits; un record personal que quería romper. Al principio pensamos en correr como cervatillos pero estábamos atrapados entre cinturones de acero y botas reforzadas. Cuando los mosh pits comenzaron a formarse a nuestro alrededor no pude evitar pensar en pequeños huracanes de carne que no tardarían en absorbernos y destruirnos en una gloriosa orgía metal. Fue entonces cuando fuimos arrastrados fuera de los mosh pits por una desbandada ola humana que venía del frente del escenario y pensamos, con alivio; eso nos ahorra la retirada vergonzosa porque no me imagino haciendo un mosh pit con 4 kilos de atún y pan pita. De todos modos los 12 mosh pits profetizados nunca se cumplieron y MH se retiró un poco desilucionado, aunque glorioso.

La verdad es que una de las razones para ir a Sonisphere fue NIN. Cuando Trent se subió al escenario la multitud estaba tan apretada en torno a mi que podía relajar mis piernas y continuar de pie. Trent comenzó muy bien, fornicando con el teclado como de costumbre, corriendo de un lado a otro del escenario golpeando teclas pero luego de una o dos canciones se centró en su último disco y en otras canciones absolutamente no representativas y, yo diría, ambientales. Se despidió dejándonos fríos, extrañados y mal follados.
Tan fuerte fue la desilución que decidimos irnos a Londres sin ver a Metallica. Ya los campistas descendían en masa hacia el escenario, prometiendo una celebración mesiánica pero los dejamos en silencio, con la sensación de haber asistido a una celebración adrenalínica y hostil, sin anfitriones ni introducciones, sin subtítulos ni explicaciones, y a la cual no acabábamos de pertenecer. Aun así atesoro mi boleto y el candado del locker que me dieron, del cual olvidé la clave, y no puedo abrir.