martes 8 de septiembre de 2009
Belgium
En una ciudad gris y escalonada respira una catedral que guarda en su centro un corazón de sangre. El hombre que lo custodia se sienta en silencio cada día bajo una cruz de ébano infinita, que se pierde en el cielo. El hombre ha investido sus movimientos de tal solemnidad que los ha convertido en elemento esencial del milagro que protege. Sin él como envoltura, uno siente que no se ha revelado nada en especial, y que se está en presencia de un cuadro, o de una estatua ordinaria. Un altar desnudo. Pero solo entrar en su presencia basta para ignorar el tintineo de la moneda que regalamos y la mancha amarillenta que consume su túnica; la expectación nos hace su presa y cuando él abre sus manos revelando un cilindro púrpura, lo que vemos en su interior es, definitivamente y sin duda alguna, la sagrada sangre de Cristo.
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