jueves 26 de febrero de 2009

Cambridge

Cambridge es, como muchas ciudades pequeñas y antiguas, un espejo de grandes ciudades, un destilado de sus historias y batallas, un recipiente de sus detalles y anécdotas. Se me ha hecho mucho más fácil la vida aquí que en Londres, su arquitectura es digerible, los milagros que esconden sus pasajes y calles mucho más accesibles y cotidianos. Su existencia esconde fantasmas, como lo atestigua la colina llamada Gog y Magog. Si subes a la colina en una noche clara de luna y gritas "Knight knight. Tonight come forth" aparece el espíritu de un caballero negro.
He aprendido a amarla en pocos meses, y me atrevo a decir que viviría feliz en esta ciudad de por vida; a pesar del sopor superficial que la cubre en invierno, a pesar del viento furioso que la recorre y de los estudiantes pretenciosos que repletan los colleges.

Vivo en una ciudad que existió en la prehistoria, como la mayoría de las cosas, solo que ésta existió como asentamiento desde antes del Imperio Romano. Gobernada por romanos, sajones, vikingos y normandos, los últimos quienes le legaron su actual nombre. En su forma actual la conciencia arquitectónica de la ciudad decidió construirse hacia adentro. Sus calles son estrechas y poco amigables, el viento se cuela amenazador por entre sus pasajes. Los colleges son creados como únicos refugios verdaderos al clima inclemente, a la torpeza de los adoquines que cubren las calles. La vida en Cambridge es como un truco de magia; puedes caminar por cualquiera de sus calles y desaparecer por uno de los pequeños portales de los colleges, que están regados por la ciudad. Del exterior enmarañado y constipado de gente los colleges se abren como parques enormes, pasillos antiguos y amigables, cálidos y desnivelados. Este mundo está abierto a los visitantes en días irregulares de la semana, lo que lleva a pensar que tiene que haber un día en que todos ellos estén abiertos al mismo tiempo, permitiendo recorrer Cambridge por las entrañas, sin desembocar jamás al mundo exterior. La vida dentro de ellos ocurre en paralelo; los estudiantes de los colleges de la universidad de Cambridge desayunan, almuerzan y cenan en comedores gigantescos coronados por candelabros amenazantes. En cada college existe un Master que cuida del lugar, y solo los Fellows (no estudiantes, sino investigadores o condecorados por la universidad) están autorizados a pisar el pasto que cubre los patios, aunque no existe ningún cartel que lo indique. En las guías de la universidad está estipulada esta exclusividad. El problema, no debidamente predicho por las lumbreras de Cambridge, es que una ciudad con río posee muchos patos anárquicos poco adeptos a reglas humanas. Como resultado, y para evitar la embarazosa frase de "sólo los Fellows y los patos pueden pisar el pasto", la universidad decidió conceder, automáticamente, a todos los patos de Cambridge la categoría de fellows.



Como ciudad universitaria las reglas estudiantiles rigen inconscientemente la vida de todos y han escrito sus propias hazañas en la historia de la ciudad. Existe una oscura tradición de "nightclimbers" desde 1930; grupos de estudiantes que escalan las intrincadas columnas victorianas de los edificios más importantes de Cambridge. Se dice que existen guías secretas sobre las rutas para escalar todos los edificios de Cambridge, incluyendo la indomable capilla del King´s College. Un ejemplo de lo que sucede cuando gente inteligente se aburre son las bromas de la estatua del rey Enrique VIII (cambiar su cetro dorado por una pata de silla que aún se conserva en su lugar) y el Austin Seven estacionado sobre el techo de la casa del senado. La vida universitaria permea todas las demás, especialmente en primavera y en verano, cuando los botes salen con su cargamento de estudiantes medio drogados y borrachos, a navegar plácidamente por el río Cam o, como sería mas oportuno, a chocar torpemente unos contra otros en un esfuerzo algo flojo y risueño por no bloquear el paso de los otros botes.

Todas las calles de Cambridge hablan del tiempo, tanto así que éste deja de importar. Si camino 3 minutos desde mi casa puedo visitar el edificio mas antiguo en Inglaterra, nacido en el 1025, que tiene pequeñas ventanas en la cumbre para que los búhos puedan entrar y comerse a los ratones que habitaban la torre. Si voy al centro camino entre números muy pequeños y lejanos. El primer colegio de la actual universidad de Cambridge fue fundado en 1284 y la capilla del King´s College fundada por el 1400. Sus cielos tallados son una de las cosas mas hermosas que he visto en las iglesias de Inglaterra y en sus paredes conviven en paz las rosas de los lancaster y los york. Una vez entré gratis porque una de mis amigas es estudiante en Cambridge University.
Me toma 5 minutos llegar desde donde vivo al Corpus Christi College, único college fundado por la gente de la ciudad y sus instalaciones datan del 1300 por lo que no cuentan con alcantarillas. Los estudiantes que viven ahí deben, con frecuencia, cruzar el patio en toalla para bañarse en instalaciones mas modernas.
Sus calles están adornadas con pequeñas placas, como tumbas de héroes, que nos cuentan que tras esas paredes se descubrió la circulación de la sangre (William Harvey), la gravedad (Isaac Newton), la evolución (Charles Darwin), la división del átomo (Ernest Rutherford) y la estructura del ADN (Crick y Watson).
Existe un pequeño café, que amo en forma platónica, con un segundo piso que es más un ático que cualquier cosa. Para llegar a él tienes que entrar a un pequeño callejón que rodea una iglesia. El cafe descansa junto a la librería hechizada de libros usados, que tiene como dueña a una mujer madura y extraña, que recibe visitantes enterrada en una montaña de libros. Las ferias de libros usados son hermosas y caras. Libros inalcanzables y antiguos, primeras ediciones, exteriores trabajados y tallados, se alzan en esacaparates ideados solo para que ojos expertos de otros libreros y buscadores de antiguedades los valoren y adquieran.

Las calles centrales de Cambridge dirigen los pasos de los turistas hacia la capilla del King´s College y a un recién llegado. Este lo consume todo, nos recuerda, con total redundancia, que somos irrevocablemente temporales; el cronófago que vive en una de las paredes exteriores del Corpus Christi College, un come tiempo, develado por Stepehn Hawkings y creado por John Taylor (el mismo que inventó el mecanismo del termostato en los hervidores eléctricos). El cronófago se esconde bajo la forma de un reloj y solo da la hora verdadera cada 5 minutos. Ambos hemos vivido el mismo tiempo en Cambridge. Si te acercas lo suficiente puedes escuchar que uno de los sonidos que emite es el de un corazón latiendo.

Cambridge es el espejismo de la normalidad. Da la impresión de ser una ciudad que se puede rodear con los brazos y te satisface con solo una visita. Solo cuando vives en ella te das cuenta de que es una ciudad que jamás terminarás de conocer, porque es una ciudad como cualquier otra, y de esas hay miles y miles en la tierra.